sábado, 31 de marzo de 2012

No ignores su valor


Una lágrima es eso que humedece los ojos del mundo. Y que el mundo se empeña en ocultar. Es eso que nos tragamos tantas veces por soberbia, por orgullo, por demostrar fortaleza y queda atascada en la garganta, apretada en el corazón, comprimiéndonos todo. Es tan profunda, que no sabemos con certeza de donde nace, ni si podrá morir alguna vez. A veces una lágrima cicatriza una herida, lava una pena y ablanda. Una lágrima es un recuerdo, una angustia, una desesperación, una interrogante. Una lágrima puede ser a veces el comienzo del perdón, la primera luz de la rectificación que hace estrechar una mano. Una lágrima es a veces la gota mágica que hace cambiar por dentro cuando tenemos que pagar nuestra cuota de dolor, la lágrima ayuda. Cuando la derramamos en el corazón querido, o en la intimidad de la amistad, la lágrima une, estrecha, funde. La lágrima transforma, enseña, disuelve los rencores, las espinas, las malas hierbas que van creciendo en la amistad e impidiendo acercarse, abrazarse, comprenderse. La lágrima descubre. El que ingnora tus motivos, no te conoce.
Pero no olvidemos que la lagrima es también signo de felicidad. Lagrimas llenas de alegría recorren nuestras mejillas cuando reimos sin parar, cuando vemos esa persona, cada vez que la felicidad da un suave toque a nuestro corazón.
Indudablemente, para mi, la lágrima es un don.

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